Los dispositivos electrónicos nos dan acceso a casi todo, o eso creemos, y esa inmediatez es precisamente su golosina. Nos comunicamos con quien queremos y a la hora que queremos, por lejos que esté. Mandamos y recibimos fotos y videos a la velocidad de la luz, o los colgamos en cualquier plataforma para mostrar dónde hemos viajado o lo que somos capaces de hacer. No hay que ir a ese comedor silencioso de cada casa, al que antaño iban nuestros padres, para coger uno de esos volúmenes pesadísimos y buscar el significado de tal o cual palabra, la biografía de un determinado personaje o el mapa de ese país lejano. Hoy en día, esas enciclopedias ni siquiera son ya decorativas sino un vestigio del pasado en el que se acumula el polvo. Google nos proporciona todo eso y lo hace en décimas de segundo. Lo mismo ocurre con el comercio. Cualquier cosa es posible adquirirla utilizando el móvil, la Tablet o el ordenador personal. En tan solo un par de días, unas horas o unos minutos alguien desconocido pulsa el interfono de tu casa y te la entrega personalmente. Es más, la aplicación correspondiente te informa de donde está tu pedido y, si es comida rápida, si está ya en preparación y el tiempo estimado que resta para su entrega. El día que la conexión de internet es débil y esa información no fluye con la rapidez habitual, nos desesperamos.

Lo queremos todo para ya y tenemos acceso inmediato a todo y, sin embargo, debido a la globalización y al consumismo, quizás formemos parte de las generaciones que, en realidad, más esperan. Es un contrasentido, pero hacemos colas en el banco o en los cajeros, en el cine o en el teatro, para acceder a un concierto o coger un avión. Esperamos nuestro turno en esa parada de taxi o en el supermercado, ya sea en pescadería, carnicería o al pasar por caja. Quien no se acuerda de las interminables colas que hicimos en ese parque de atracciones. Eso sí, nada es comparable a la espera a que nos somete la actual pandemia del coronavirus y que nos obliga a estar confinados en nuestros hogares. Por duro que sea, hay que mantener la calma, aun siendo conscientes de las terribles consecuencias sanitarias, sociales y económicas.

Mientras tanto y con ánimo de amortiguar la gravedad de la situación, estamos asistiendo a un cúmulo de nuevas normas que indudablemente son necesarias e imprescindibles pero que, lejos de aportar seguridad jurídica, son fruto de la rapidez y de la improvisación y cuya redacción es más que discutible. El coronavirus lo supera todo y puede entenderse la motorización legislativa a la que asistimos. No obstante, la inicial declaración del Estado de Alarma y los subsiguientes Reales Decretos, son un buen ejemplo de imprecisión y falta de claridad, fruto, de su redacción veloz ante la falta de toda previsión estratégica. A pesar de que su objetivo es dar respuesta concreta a las fatales consecuencias de este tsunami, su contenido es abigarrado, contradictorio y genera innumerables dudas que tratan de clarificarse con nuevas normas que corrigen las dictadas apenas unas horas antes. Desde luego, la crisis generada por el COVID 19 provocará una avalancha de procedimientos en nuestros tribunales, pero muchos de ellos serán también para solucionar las diversas interpretaciones, sobre el alcance y concreción de las pretendidas soluciones, que anuncian y desarrollan esos Reales Decretos dictados ex profeso.

El tiempo es imparable y nuestros proyectos vitales también, por mucho que el camino se tuerza o que surja algo imprevisible y aterrador como lo que estamos viviendo. Lo importante es evitar que la desesperación aflore y, con ella, la pérdida de capacidad de concentración y reacción. Los vientos feroces nos obligan a sujetar fuerte el timón para mantener el rumbo y capear el temporal, sin que los nervios y el miedo nos devoren. Por ello y a pesar de todo, keep calm, no queda otra.

Enric Rubio i Gallart
Abogado – Doctor en Derecho

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